Cuando era pequeño, era un apasionado lector de los tebeos de “El Capitán Trueno”, de su antagonista “El Jabato” y de los héroes del universo Marvel. Por más vicisitudes que sufrieran y situaciones límite a las que sus aventuras los llevaran, el villano acababa vencido ante el arrojo y la valentía de nuestros héroes, haciendo alarde de unos principios y valores irrenunciables mientras el villano, inteligente, taimado, miserable y traidor, era víctima de su avaricia y cobardía.

Arropado por una familia de clase media, humilde, trabajadora, con las necesidades básicas cubiertas y la promesa de un futuro mejor gracias a la educación, crecí pensando que, con tesón, el trabajo y el esfuerzo serían recompensados. Cuando ya estoy al final de mi vida laboral he de decir que en mi pequeño mundo he sido debidamente recompensado y bendecido con una maravillosa familia. Pero cuando levanto la vista y veo lo que está sucediendo en España y en el resto del mundo, una sensación de desesperanza se apodera de mí.

Salvo contadas excepciones, los políticos que ahora estamos sufriendo reúnen lo peor de nuestra sociedad, una sociedad que se ha envilecido por la pérdida de valores y principios, que ha permutado el ansia de libertad de nuestros mayores por el triste conservadurismo de mantener la “paguita”. Una sociedad amedrentada que dejó morir a nuestros mayores solos y abandonados mientras aplaudía estúpidamente, no sé muy bien por qué ni a quién. De manera que ves cómo una y otra vez los malos triunfan ante la indiferencia de sus súbditos.

Lo cierto es que en la política parece que es más fácil triunfar si te deshaces de tus principios y valores. Sin esa pesada carga cualquier medio está justificado si el fin merece la pena. Esto sucede en todos los ámbitos, pero está siendo especialmente virulento en la vida pública española.

Estos son los malos que a diario vemos en los medios afines al Gobierno:

Los asesinos de cerca de 900 españoles. Están siendo liberados sin cumplir apenas una pequeña parte de sus condenas, aclamados en sus pueblos por sus sicarios, humillando a las víctimas. Han conseguido todo lo que pretendían hasta el punto de que la política de la Nación depende de sus dedos manchados de sangre. Son dedos de alquiler, dedos dispuestos a presionar en el Parlamento el botón que más convenga. Los que recogen las nueces.

Los golpistas a los que el Gobierno de España indulta para que sigan cometiendo las mismas fechorías, pero esta vez respaldados por leyes inicuas que marginan al 50% de la población en los territorios en los que gobiernan.

Los que cabalgan sus contradicciones a lomos del presupuesto; los que no tienen preparación suficiente para ocupar siquiera un puesto de cajero en Hipercor y alcanzan cargos públicos de la máxima relevancia manejando cientos de millones de euros de nuestros impuestos.

Los que pactan con golpistas y asesinos para mantenerse en el poder, primero a nuestras espaldas y ahora con sórdida desvergüenza a la vista de todos.

Los que consienten los desmanes y fechorías de sus compañeros de gobierno sin despeinarse.

Los que pactan con el poder establecido heredar el hediondo reino con tal de sentarse en la poltrona unos años a cambio de no cambiar nada. Estos son los peores porque infunden falsas esperanzas al pueblo que aún mantiene la esperanza de que a España pueda llegar un buen gobierno.

Los directivos de las grandes empresas del IBEX que anteponen su interés personal a la de los accionistas a quienes se deben.

Los periodistas que por mantener su paguita y privilegios se avienen a ocultar, tergiversar y desinformar a la población a la que debería servir.

Los propietarios de los medios de comunicación, que más por codicia que por convicción, ponen sus baterías mediáticas al servicio del poderoso de turno.

Los saltimbanquis del cine, eruditos, intelectuales, jueces, fiscales, funcionarios, todos aquellos que a sabiendas de lo que está pasando, prefieren mirar en dirección contraria, siempre alineada con su cuenta corriente.

Los ciudadanos que perdonan y respaldan a los que les están apuñalando por ser incapaces de abrir los ojos. En realidad, la mayor parte de estos no son malas personas, pero están cegados por la ideología. Sus tragaderas son tan grandes que les obstruye el campo de visión y les atrofia el raciocinio.

Las autoridades y funcionarios que al amparo de su cargo abusan o prostituyen a los menores tutelados por el Estado, menores a los que deberían cuidar, mimar, educar y proteger. Los que conocedores de los hechos giran la cabeza a otro lado de manera vergonzosa. El desprecio que destiláis sobrepasa mi libertad de expresión en estas páginas.

Los políticos que no dudan en arrasar un país y a su población para satisfacer su ansia de poder reinstaurando el comunismo. Aquellos que por acción u omisión ayudan a mantener y extender los regímenes totalitarios. También los empresarios que con sus hoteles/prostíbulos en islas caribeñas hacen negocio con la desgracia de las pobres gentes que se ven obligadas a vender su cuerpo para sobrevivir. Los clientes que acuden a aprovecharse de la carne a bajo precio. Dais asco.

Obviamente, la lista no es exhaustiva.

Los de mi generación habrán identificado que el título de este artículo corresponde a la primera estrofa del estribillo de “Capitán Trueno”, temazo de la banda de rock Asfalto perteneciente al álbum de mismo nombre publicado en 1978 en plena Transición. De este mismo álbum rescato otro himno, “Días de escuela”, cuya última estrofa he llevado siempre conmigo: “Enseña a tu hijo a amar la libertad”.

Los que amamos la libertad por encima de todo, pronto uniremos nuestras voces para, al grito de “DEMOCRACIA Y LIBERTAD”, llamar al Capitán Trueno y sus inseparables compañeros, en las urnas. No se despisten: ahora se ha dejado la barba y va vestido de verde.

 

José Luis Encinas