Uno de los periodos más desgraciados para la sociedad es una guerra civil. Vecinos de una y otra ideología se enfrentan en un conflicto armado, porque se vieron incapaces de cambiar de gobierno y signo político de forma pacífica. Es en esos momentos cuando perdemos el sentido básico, el respeto al otro, el bien más preciado, la existencia ajena, la vida.

Nuestro país se vio involucrado en un conflicto armado entre 1936 y 1939. Gracias a las investigaciones de historiadores, recopilando datos y conectando sucesos, se ha conocido un tremendo robo: el tesoro del «Vita».

En el transcurso de la guerra, el bando republicano saqueó el Banco de España y el Monte de Piedad de Madrid. La mayor parte del oro de la reserva del estado fue trasladado en barcos desde Cartagena a Rusia. Joyas de depósitos privados, monedas y empeños —incluido un valioso ejemplar de «El Quijote»— se llevaron a Barcelona primero; luego a Gerona y después a París. Desde allí se trasladaron al puerto de Le Havre en 151 maletas y fueron embarcadas en el «Vita», yate de recreo de 62 metros de eslora. El capitán del «Vita» fue un miembro de la llamada «motorizada» de Indalecio Prieto; banda de pistoleros que asesinaron, entre otros, a José Calvo Sotelo, incluidos a miembros del partido socialista.

La singladura se hizo desde Francia a Veracruz, México, donde arribó el día 22 de marzo de 1939. Allí, Indalecio Prieto —conocido como «Don Inda»— gracias a la simpatía del gobierno mexicano, desembarcó el cargamento. Se trasladaron en un tren del ejército desde el puerto de Veracruz a una casa en Ciudad de México, alquilada por Indalecio Prieto.

El gobierno republicano en el exilio pretendía utilizar ese tesoro como «caja» para los exiliados de la guerra. No fue así. Esa casa sirvió como «taller de desguace» para desmontar joyas, monedas y vender a precio irrisorio al banco de México. Los trabajadores del taller fueron obligados a llevar una bata blanca sin bolsillos, abrochada por la espalda; cera en las uñas para evitar la sustracción de polvo del oro y plata. Una labor minuciosa. Así nadie podría reclamar la propiedad de los objetos sustraídos. Esas ventas originaron 5,6 millones de dólares de la época, aunque Juan Negrín —presidente del gobierno en el exilio— valoraba en 40 millones, 40, el valor del cargamento del «Vita».

La vivienda de Indalecio Prieto —«Don Inda»— compartía esquina con ese «taller de desguace». ¿Casualidad? Joyas, oro y plata, monedas y propiedades de otras personas, incluida una incalculable edición de la obra cumbre universal «El Quijote», salieron de España sin registro y entraron en México sin control aduanero ni pagar impuestos ni podían ser reclamadas al ser desguazadas. Un robo extraordinario.

Bulevar de Indalecio Prieto

Bulevar de Indalecio Prieto

Ese individuo —«Don Inda»— tiene un bulevar en Madrid. Concretamente en Vicálvaro. El ayuntamiento de la capital de España, tras una iniciativa del pleno municipal y apoyada en la Ley de Memoria Histórica, aprobó la retirada de esa distinción a esa persona. El PSOE se opuso, «…es un perjuicio a los vecinos y empresas, dado que tendrían que cambiar la dirección en los registros». ¿Qué ocurrió cuando cambió el ayuntamiento otros nombres como la calle Hermanos García Noblejas por Institución Libre de Enseñanza? Nada. ¿Apoya el sindicato UGT con reclamación en los juzgados a quien se benefició a nivel particular de uno de los mayores robos de la historia en España?

Los nombres de las calles en las ciudades suelen ser un merecido homenaje a las personas. Por lo general, sus vidas y obras, dedicación, esfuerzo y abnegado trabajo en favor de los demás, llevan aparejada la distinción como ejemplo para la ciudadanía. A día de hoy, las placas siguen instaladas en los edificios de Vicálvaro. La historia de un robo da homenaje a una persona muy miserable.